LA GRANDE BELLEZZA: Melancolía y Decadencia en Roma

Con frecuente facilidad, las películas que aspiran a suscitar la reflexión pecan de ser presuntuosas, forzadas y, en algunos casos, acusadamente evidentes. Nada más lejos de esta obra de arte, distinta, que es La Grande Bellezza. Grande con mayúsculas. Cada secuencia esconde un mensaje que el director nos susurra al oído, como un valioso secreto que precisa tiempo para ser asimilado. Influenciado por la Dolce Vita de Fellini, entre otras, Paolo Sorrentino nos ha regalado una historia sobre decadencia y poesía que deja un profundo sabor agridulce y una emocionada media sonrisa.

Una bacanal, maravillosamente filmada y protagonizada por la alta sociedad romana, introduce en nuestras vidas a Jep Gambardella, un gamberro y vividor sexagenario que es todo menos un tipo simple. Este curtido galán es un hombre, en palabras suyas, destinado a la sensibilidad. Escritor que escribió una única pero exitosa novela cuarenta años atrás, se dedica a realizar alguna entrevista y a ahogar su hastío en infinidad de copas, cigarros y mujeres noche tras noche. Toni Servillo -magistral- da vida a este carismático personaje, quien con una lúcida y expresiva mirada es capaz de empapar al espectador en su desengañado convencimiento de que la vida no le ofrece lo que necesita. Jep es el elemento sobre el que gravita la película, en la cual el protagonista se recrea en las maravillas que la ciudad le brinda para huir de la desesperación que inunda su alrededor y a él mismo.

La Gran Belleza Fotos

La ciudad. Roma. El marco idóneo para una historia sobre vidas huecas y carentes de significado, sobre sonrisas tornadas en mueca. Un paisaje incomparable que encuadra con ironía las miserias de los protagonistas. Desde su atalaya con vistas al Coliseo, Jep disfruta de los placeres mundanos y observa. Se concentra en la majestuosidad de la ciudad eterna para escapar de su dramática existencia, profundamente marcada por el indeleble amor de su juventud. Sorrentino adorna cada fotograma con una extraordinaria sutileza y, sirviéndose de la luz mágica del amanecer y el atardecer, logra rozar el corazón de quienes asisten a esta amarga parodia de la felicidad.

Nuestro elegante escritor, dotado de un ingenioso y cínico sentido del humor, se aferra a “los demacrados y caprichosos destellos de belleza”, un salvavidas para no asfixiarse en un mundo grotesco e hipócrita. Con una banda sonora sublime que baña cada escena, la película cautiva, seduce y captura las emociones sin necesidad de mostrar violencia, sexo o demás evidencias. Y es que es otra cosa, más bien un íntimo canto a la melancolía. Con imágenes inolvidables y de un lirismo indescriptible, Paolo Sorrentino ha filmado una oda a la sensibilidad y, desde luego, a la belleza.

La gran belleza cartel

Por Enrique Novo Martín

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