SLACKEYE SLIM – EL SANTO GRIAL: LA PISTOLA PIADOSA

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Llevaba desde el año pasado queriendo hablar de uno de los discos que más he disfrutado últimamente, desde que salió en el año 2011, así que no os hablo de ninguna novedad. Slackeye Slim son en lo fundamental, dos tipos, Joe Frankland y Graham Lindsey que en este disco consiguen sonar como si detrás suyo estuviese todo un pueblo y eso que en tan solo dos o tres temas se dejan ayudar por más personas, para crear ambiente, más que nada, ya que todos los instrumentos siguen siendo cosa suya.

Estamos ante un disco que cuenta una historia, la de Drake Savage, realmente una historia de redención a través, probablemente, de muerte y amor y los ambientes por los que nos guían estos dos rebeldes es tan variado como los sentimientos que suscitan esos dos temas universales. Más que una grabación conceptual, me gusta ver este disco como una banda sonora de una película o una película sonora o una novela radiofónica ya que no solo de canciones se compone este artefacto, aquí se recrean ambientes de todo tipo.

En primer lugar “No One Knows my Name” comienza con estos versos, entre el sonido de grillos y chicharras, “My madre es la tierra, mi padre es el viento […] mi sangre es un río hirviente que no tiene final”. Un recitado acompañado de una flauta con todo el ambiente nativo estadounidense y con rasgueos de guitarra puntuales que lo único que hacen es llevarte a la sensación de un espacio abierto desde el cual observar el cañón de algún encajonado río. Una canción mística, como si Castaneda sufriese uno de sus viajes exploratorios de manos de Don Juan. En segundo lugar te encuentras con el tema “Come One! Come All!” una canción de barraca de feria del lejano Oeste en la cual la mística queda relegada a los bajos fondos y lo único que se busca es arrastrar al oyente hacia el interior de la obra.

Dos temas, de poco más de un minuto, que dejan claro que aquí no estás ante una obra más si no ante algo especial. Cuidada hasta el extremo y a pesar de la sorpresa, ya te da pistas de cuales son sus referencias (Tom Waits, Cormac Mccarthy y las películas del oeste crepusculares y sobre todo la frontera, la frontera en todos los sentidos, como final y como paso entre dos mundos). Pero estas referencias no dejan de ser una exploración para estos dos tipos de muchos estilos que entreverar, imbricados para darles su toque personal que casan con la historia que están contando como si de gemelos se tratara. Así, los sonidos del blues o del garaje se pueden dar la mano de forma única, todos ellos con una visión del country tan diferente que lo hacen suyo. Ambientes mutilingüísticos (fundamentalmente, español e inglés en “The Chosen One. Part 1”, por ejemplo) que te sumergen en extrañas zonas de paso que llevan a explosiones de rabia reconcentrada (“Vengeance Gonna Be my Name” ) que, como una mala resaca, desembocan en nostálgicas tonadas existenciales (“El Mundo. Mi Enimigo” ).

No diré que sea fácil adentrarte en este álbum. Sobre todo si te gustan sonidos limpios. Aquí, y no puede ser de otra forma, hay polvareda. Los violines suenan más a lamentos que a melodías. Todo está cubierto por arena que hace crujir las cuerdas, las teclas y los timbales. Desgasta las botas y seca los gaznates dejando voces profundas y a veces, dolorosas.

Pero por otro lado, tampoco debería ser difícil, hay imaginación, incluso alguna tonada rumbera al más puro estilo Waits. Hay terrenos evocadores que no se pueden dejar de visitar una y otra vez y hay sorpresas con cada nueva escucha. Además de la emocionante épica, condensada en poco más de dos minutos de la cual muchos grupos deberían aprender

En resumen, una obra redonda, que dudo que puedan volver a igualar, desde el punto de vista personal, porque incluye no solo originalidad y desparpajo, si no referencias tan interesantes que se hace difícil que todo ello pueda volver a confluir. Y da lo mismo porque eso hace de este pedazo de arte, algo aún más especial.

Por Rock in Chains

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