Gael García Bernal nos sorprende en “NO. La campaña que derrocó a Pinochet”

ESTRENO EN ESPAÑA 8 DE FEBRERO 2013

No la campaña que derrocó a Pinochet

“NO. La campaña que derrocó a Pinochet”

Estamos viviendo días turbulentos en los que nuestra confianza en el sistema democrático va arrastrándose por los suelos como meretriz por rastrojo, oyendo noticias sobre corruptelas varias, sobres negros, chanchulleos políticos que nos hacen pensar que en esta democracia quienes menos poder tenemos somos nosotros, el populacho vil.

Es por ello que de vez en cuando se hace necesario el visionado de películas como “NO” para devolvernos, aunque sea un poquito, la idea de que el pueblo sí que puede cambiar algo la situación de la sociedad; y también para hacernos recordar que este sistema, con todos sus fallos y defectos, sigue siendo mejor que una horrenda dictadura. Pero no, no os asustéis, no estamos ante una película politiquera y progre en el peor sentido de la palabra, una película que pueda encantar en los bares más costro-buenrollistas de Lavapiés y horrorizar a toda mente bienpensante de la TDT más carca. No, estamos ante una película que nos hace pensar y reflexionar sobre muchos asuntos pero también nos divierte con una trama de la que, afortunadamente sabemos su final feliz.

Estamos en Chile, en años aún muy duros, y no lo digo porque sea 1988 y todos recordemos con horror nuestras estéticas tan incorrectas durante esos años (que el director tiene a bien recordarnos con el visionado de pantalones nevados y otros atentados estéticos de la década ominosa) sino porque aún ese monstruo de mirada fría y voz aflautada llamado Pinochet gobierna con mano de hierro el país. Son años de cierto “milagro económico” chileno (que solo ha llegado a una parte de la población) y que el dictador abandera como gran éxito de su mandato. Pero en el mundo nadie quiere ser su amiguito y tiene que montar una pamema para justificar su permanencia en el poder por medio de un plebiscito que le permita quedarse ocho años más en el poder y, así, hacer ver al mundo que él es un demócrata y que el pueblo lo quiere. Lo ven fácil: tienen todos los medios de comunicación manipulados, el miedo metido en el cuerpo de la población y una oposición unida, sí, pero muy perdida, que quiere aprovechar el mínimo resquicio de libertad (quince minutos diarios) para poder denunciar lo que nunca les han permitido.

Uno de esos líderes le pide a un chavalito que ha vivido en el exilio, René Saavedra (un excelente Gael García Bernal, especialista ya en imitar acentos de todo tipo de hispanohablante y que es el auténtico pilar de toda la película), publicista que empieza a despegar con éxito, que les ayude a plantear la campaña del no a Pinochet. En principio, el personaje nos parecerá un tanto cínico, convencido de la derrota de esta opción (vamos, como todos) y que le da bastante igual quién gane, pero al que vemos evolucionar en un personaje implicado en toda la campaña, pero siempre utilizando las armas que él conoce: las de la publicidad comercial. Así vamos a ver cómo el planteamiento victimista y denunciante de la oposición cambiará por una campaña vitalista que parece propia de un refresco cutre ochentero, lleno de colorinchis, arcoíris, mucho baile desenfrenado y alegría (y un desmedido y poco entendido gusto por los mimos). Y funcionará, porque quitará el miedo y llevará al pueblo a votar algo que les da esperanzas: ser felices al ser libres.

El final nos lo sabemos todos, que para eso muchos lo vivimos y lo vimos, y los que no, que busquen. No todo fue tan idealista y maravilloso, ni tan justo, pero fue mejor que nada. Pero da igual, no necesitamos un giro de guión espectacular para engancharnos a una historia emocionante que el director, Pablo Larraín, cuenta a partir del estupendo guión de Pedro Peirano, donde la realidad y la ficción se unen, donde lo social y lo particular se mezclan hasta conmovernos, donde se nos toca y hurga en el pequeño rebelde que todos llevamos dentro hasta hacernos llorar de la emoción al saber los resultados que ya sabíamos por la Historia.

Mención importante merece el tratamiento de la imagen: toda la película ha sido rodada con cámaras analógicas de los años 80 y así, al ver imágenes de la época (incluidos la casposa campaña del sí a Pinochet y los spots auténticos del no), todo nos parezca una sola unidad. El director ha querido que el espectador no entre y salga de la historia sino que se sumerja en esa época y no parezca una película al uso sobre hechos históricos. Y lo consigue, nos lleva a ese 1988, nos sentimos parte de la película y difícilmente podemos decir cuáles son las escenas reales y cuáles las filmadas, salvo cuando salen los actores, claro está.

Los actores son otro de los grandes aciertos de la película, con un Gael García Bernal en estado de gracia, natural y comedido, que nos lleva con él de la mano en todas sus zozobras, tanto en su trabajo como en las personales, en sus miedos y en sus dudas. Y frente a él está otro gran descubrimiento que es el actor Alfredo Castro, que interpreta al jefe proPinochet de René, que acabará trabajando para la campaña del sí y que es el primero en ver cómo se les escapa de las manos el poder, para acabar adaptándose rápidamente a la situación. Sin embargo, la película huye de los maniqueísmos (Rene bueno/jefe malo malísimo), no es condescendiente ni con unos ni con otros, lo que ha hecho que la película no haya gustado ni a cierta gente de la izquierda ni de la derecha chilena, y eso es otro de sus grandes aciertos.

Que una película chilena haya sido nominada por primera vez a los Oscar ya podría ser razón suficiente para ir a verla a los cines, pero si encima emociona, entretiene y enseña que, de vez en cuando, el pueblo también puede cambiar las cosas, ya tenemos razones suficientes como para pasar por taquilla.

TRAILER

por Juan Antonio Ayllón Ranchal

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